SAN AGUSTIN

¿Cómo aprender Humildad? ¡Sólo con humillaciones!
(Beata Teresa de Calcuta)

...Llenaos primero vosotros mismos; sólo así podréis dar a los demás. (San Agustín)

Dios no pretende de mí que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel.
(Beata Teresa de Calcuta)

GOTA

... lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota.
(Beata Teresa de Calcuta)

Contento, Señor, Contento (San Alberto Hurtado)

...y ESO ES LA SANTIDAD, DEJAR QUE EL SEÑOR ESCRIBA NUESTRA HISTORIA... (Papa Francisco)

«No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera...».
(Santa Ángela de la Cruz)

Reconoce cristiano, tu dignidad, que el Hijo de Dios se vino del Cielo, por salvar tu alma. (San León Magno)

martes, 29 de abril de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

RENOVACIÓN DE VOTOS COMO LAICO MISIONERO DE LA CARIDAD

El pasado jueves 26 de Abril, Fiesta de la Conversión de San Agustín y antes del Sábado
anterior al Domingo de la Divina Misericordia (II Domingo de Pascua), renové mis Votos
de Castidad (Conyugal), Pobreza, Obediencia y Servicio Libre y Gratuito a los más Pobres
de entre los Pobres, como  Laico Misionero de la Caridad, perteneciente al Grupo de Málaga,
según indican nuestros Estatutos.
Fue realizada, dicha Renovación, en la Iglesia de San Agustín tras la Homilía de la Santa Misa, asistiendo todos los miembros del Grupo y amigos, que nos acompañan en estas ocasiones.
La celebración, emotiva y por un año, recoge la fórmula siguiente:

“En  el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Para el Honor y Gloria de Dios y movido por un ardiente deseo de saciar 
la Sed infinita de Jesús en la Cruz y  en la Eucaristía por amor y por las almas, yo,
Miguel Martínez Galindo, hago Votos hasta el Sábado anterior al Domingo de la Divina Misericordia del año 2015, de Castidad (Conyugal), Pobreza, Obediencia y Servicio de todo corazón y gratuito a los más Pobres de entre los Pobres, de acuerdo a los Estatutos de los  Laicos Misioneros de la Caridad.

Yo me entrego, de todo corazón al servicio de Dios, para que con la Gracia del Espíritu Santo y con la ayuda de María, Madre de Dios, Causa de Nuestra Alegría y Reina del Mundo, yo pueda ser guiado al Amor Perfecto a Dios, al Prójimo y de una manera especial a los miembros de mi propia familia, y de este modo hacer a la Iglesia más plenamente presente en el mundo de hoy”.

Iglesia de San Agustín  de Málaga.  26 de Abril de 2014


Así sea.
Beata Teresa de Calcuta. Ruega por nosotros. Recemos.




domingo, 27 de abril de 2014

CANONIZADOS. DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA.


HOY, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA SE CELEBRADO LA CEREMONIA DE CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS JUAN XXIII Y JUAN PABLO II.
Poco puedo yo decir ante este gran acontecimiento para la Iglesia, que somos todos.
Silencio, Alegría y Oración.
Acción de Gracias.Dios nos bendice.
San Juan Pablo II y San Juan XXIII
VATICANO, 27 Abr. 14 / 04:12 am (ACI).- En una ceremonia sin precedentes en la historia de la Iglesia, el Papa Francisco declaró santos a San Juan Pablo II y San Juan XXIII durante una Misa concelebrada por más de mil pastores entre cardenales, obispos y sacerdotes, incluyendo al Pontífice Emérito Benedicto XVI.
Este es el texto completo de la homilía que pronunció el Papa Francisco:
“En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que San Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.
Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).
San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresía del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.
Fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.
En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.
Esta esperanza y esta alegría se respiraban en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47). Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.
Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria, la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos.
No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; fue el Papa de la docilidad al Espíritu.
En este servicio al Pueblo de Dios, San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.
Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama”.

domingo, 20 de abril de 2014

CANTO DE ALABANZA AL SEÑOR. DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2014




(ALABEMOS AL SEÑOR EN LATÍN)

Trium Puerorum (Dan 3, 57-88, 56)

Ant. Trium puerorum * cantemus hymnum, quem cantabant 
sancti in camino ignis, benedicentes Dominum. (T.P. Alleluia.)

Benedicite, omnia opera Domini, Domino,* laudate et 
superexaltate eum in sæcula.

Benedicite, cæli, Domino,
* benedicite, angeli Domini, Domino.

Benedicite, aquæ omnes quæ super cælos sunt Domino,
* benedicat omnis virtus Domino.

Benedicite, sol et luna, Domino,
* benedicite, stellæ cæli, Domino.

Benedicite, omnis imber et ros, Domino,
* benedicite, omnes venti, Domino.

Benedicite, ignis et æstus, Domino,
* benedicite, frigus et æstus, Domino.

Benedicite, rores et pruina, Domino,
* benedicite, gelu et frigus, Domino.

Benedicite, glacies et nives, Domino,
* benedicite, noctes et dies, Domino.

Benedicite, lux et tenebræ, Domino,
* benedicite, fulgura et nubes, Domino.

Benedicat terra Dominum,
* laudet et superexaltet eum in sæcula.

Benedicite, montes et colles, Domino ,
* benedicite, universa germinantia in terra, Domino.

Benedicite, maria et flumina, Domino,
* benedicite, fontes, Domino.

Benedicite, cete et omnia quæ moventur in aquis, Domino
,* benedicite, omnes volucres cæli, Domino.

Benedicite, omnes bestiæ et pecora, Domino,
* benedicite, filii hominum, Domino.
Benedic, Israël, Domino,
* laudate et superexaltate eum in sæcula.

Benedicite, sacerdotes Domini, Domino,
* benedicite, servi Domini, Domino.

Benedicite, spiritus et animæ justorum, Domino,
* benedicite, sancti et humiles corde, Domino.

Benedicite, Anania, Azaria, Misaël, Domino,
* laudate et superexaltate eum in sæcula.

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu;
* laudemus et superexaltemus eum in sæcula.

Benedictus es in firmamento cæli 
* et laudabilis et gloriosus in sæcula.

Hic non dicitur Gloria Patri, neque Amen.
Psalmus 150
Laudate Dominum in sanctuario eius,
* laudate eum in firmamento virtutis eius.

Laudate eum in magnalibus eius,
* laudate eum secundum multitudinem magnitudinis eius.

Laudate eum in sono tubæ,
* laudate eum in psalterio et cithara.

Laudate eum in tympano et choro,
* laudate eum in chordis et organo.

Laudate eum in cymbalis benesonantibus,
* laudate eum in cymbalis iubilationis:
* omne quod spirat, laudet Dominum.

Gloria Patri.

Ant. Trium puerorum 
* cantemus hymnum, quem cantabant sancti
 in camino ignis, benedicentes Dominum. 
(T.P. Alleluia.)

Kyrie, eléison. Christe, eléison. Kyrie, eléison.

Pater noster.

V. Et ne nos inducas in tentationem.
R. Sed libera nos a malo.

V. Confiteantur tibi, Domine, omnia opera tua.
R. Et sancti tui benedicant tibi.

V. Exsultabunt sancti in gloria.
R. Lætabuntur in cubilibus suis.

V. Non nobis, Domine, non nobis.
R. Sed nomini tuo da gloriam.

V. Domine, exaudi orationem meam.
R. Et clamor meus ad te veniat.


Sacerdos addunt:V. Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.



OREMUS
Deus, qui tribus pueris mitigasti flammas ignium:
concede propitius; ut nos famulos tuos non 
exurat flamma vitiorum.Actiones nostras, 
quæsumus, Domine, aspirando præveni et 
adjuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio 
et operatio a te semper incipiat, 
et per te coepta finiatur.
Da nobis, quæsumus, Domine, vitiorum nostrorum 
flammas exstinguere: qui beato Laurentio tribuisti 
tormentorum suorum incendia superare.
 Per Christum Dominum nostrum.
R. Amen.



DOMINGO DE RESURRECCIÓN Y GLORIA


Gracias ,Señor, por la oportunidad que me has dado,
 de conocerte mejor esta Semana.
He intentado acercarme a Tu Pasión, y cuanto sufrimiento
 y dolor he percibido.
Inmerecidos.
Ahora que resucitas
 y cumples tu promesa,solo podemos
balbucear las palabras:  ¡Gracias! ¡Perdón!
Y rezar, meditando cada segundo de tu Vida, cada Palabra,
ya que...nos estás esperando.

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

"¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?"
"A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua."

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

sábado, 19 de abril de 2014

SABADO SANTO 2014

 Cristo de las Almas y Virgen de las Angustias
La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y, ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.


¡Virgen de vírgenes santas!
Llore yo con ansias tantas
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma 
a su eterna gloria. Amén.


viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO 2014 EN EL VATICANO

Cantalamessa, predicador pontificio, en San Pedro, Viernes Santo
«El mayor pecado de Judas
no fue traicionar a Jesús,
sino haber dudado
 de su misericordia»




Francisco presidió este Viernes Santo por la tarde en la
 Basílica de San Pedro la celebración de la Pasión y
 Muerte de Jesús, con el acto central de la 
adoración de la Cruz y la lectura cantada 
de la Pasión según San Juan

Es el único día del año en el que los sacerdotes no celebran misa, 
y durante la ceremonia el Papa, con paramentos rojos,
se tiende en el suelo en la nave central en un momento 
de oración y penitencia, mientras una cruz cubierta con 
una tela roja preside el altar mayor. 
Es también el único día del año en el que se hace 
una genuflexión ante la Cruz, habitualmente reservada 
al Santísimo. 
Y antes de que los cardenales pasasen ante la que se mostró 
este viernes en San Pedro para besarle los pies, lo hizo Francisco, 
pero con la peculiaridad de hacerlo sobre 
el pecho de Jesús, en la lanzada de la que brotaron 
sangre y agua y símbolo por excelencia de su Misericordia, 
que habían sido tema central de la homilía.


Texto íntegro de la predicación 
del padre Raniero Cantalamessa
Viernes Santo, 2014, Basílica de San Pedro
"Estaba también con ellos Judas, el traidor"

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús
 hay muchas pequeñas historias de hombres y mujeres que
 han entrado en el radio de su luz o de su sombra.
 La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. 
Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve,
 por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento.
 La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre 
el asunto y nosotros haríamos mal en no hacer lo mismo.
 Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce.
 Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el evangelista
 Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) 
en el traidor» (Lc 6, 16).
Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento
 de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! 
Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda 
la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto 
motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» 
una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de
 los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos;
 otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que 
Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle 
para que actuara también en el plano político contra los paganos. 
Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros 
espectáculos y novelas recientes. 
Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: 
¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna
 dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico.
 Los evangelios —únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje—
 hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero.
 A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de
 Betania había protestado contra el despilfarro del perfume precioso 
derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran los pobres
 —hace notar Juan—, sino porque «era un ladrón y, puesto que tenía la caja,
 cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). 
Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita:
 «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?
 Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15). 

* * *

Pero, ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla
 demasiado banal? 
¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? 
Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos;
 es el ídolo por antonomasia; literalmente, 
«el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué.
 ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir, en los hechos,
 no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios,
 en este mundo? ¿Satanás?
 Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. 
Quien lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o 
algún beneficio temporal.
 Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios:
 «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y al dinero»
 (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible» , 
a diferencia del Dios verdadero que es invisible. 

EL dinero es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, 
cambia el objeto a las virtudes teologales.
 Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. 
Se opera una siniestra inversión de todos los valores. 
«Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); 
pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». 
Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón. 

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» 
(1 Tm 6,10).
 Detrás de todo el mal de nuestra sociedad está el dinero o, 
al menos, está también el dinero. 
Es el Moloch de bíblica memoria, divinidad filistea a la que 
se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, 
al que había que ofrecer diariamente un cierto número de 
corazones humanos. 

¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas 
vidas humanas jóvenes, la prostitución, detrás del fenómeno
 de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación
 y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decirlo—
 a la venta de órganos humanos extirpados a niños?
 Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado,
 y este país está aún atravesando,
 ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero»,
 la auri sacra fames , por parte de algunos pocos?
 Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común.
 ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero,
 ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones 
cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y 
que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que 
renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?
En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos 
cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y
 los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil,
 se fue afirmando la idea, casi mítica, de la existencia de
 un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, 
que por detrás de los bastidores habría movido los hilos de todo,
 para fines que sólo él conocía. 
Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito;
 ¡se llama Dinero! 

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: 
promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y,
 en cambio, la destruye.
 San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, 
el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». 
Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. 
Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?», 
y él responde que sí. 
Y el sacerdote: «¡Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos,
devolviendo las cosas que has estafado a otros?»
 Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» 
«Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». 
Y así muere —concluye san Francisco—, impenitente y apenas muerto
los parientes y amigos dicen entre sí:
«¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!» 

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito
dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin 
y se sentía al seguro para el resto de la vida:
 «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado,
 ¿de quién será?» (Lc 12,20)! 

Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían 
en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción 
se han encontrado en el banquillo de los imputados, 
o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse
 a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». 
¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? 
¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, 
o del partido, si es eso lo que buscaban? 
¿O más bien se han arruinado a sí mismos y a los demás? 

* * *

La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él,
 Jesús. Judas vendió a la cabeza, sus imitadores venden su cuerpo,
 porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. 
«Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, 
me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40).
 Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos 
que he mencionado.
 Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. 
Sigue siendo famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo 
don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas».
 «Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, 
que yo piense por un momento en el Judas que tengo dentro de mí,
 en el Judas que quizás también vosotros tenéis dentro». 

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa 
que no sean los treinta denarios de plata.
 Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. 
Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, 
en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo.
 Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia.
 Puedo traicionarlo yo también, en este momento 
—y la cosa me hace temblar interiormente— si mientras
 predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio 
más que de participar en la inmensa pena del Salvador.
 Judas tenía un atenuante que yo no tengo.
 Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»;
 no sabía que era el Hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, 
he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. 
Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme.
 Allí, en el anuncio de la traición de Judas, 
todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» 
«Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, 
anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, 
el compositor inserta una coral que comienza así:
 «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!»,
 «Ich bin´s, ich sollte büßen» .
 Como todas las corales de esa obra, expresa los sentimientos 
del pueblo que escucha; es una invitación para que también 
nosotros hagamos nuestra confesión del pecado. 

* * *

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había
 traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió,
 y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a
 los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente.
 Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Allá tú.
 Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahorcarse»
 (Mt 27, 3-5). 
Pero no demos un juicio apresurado.
 Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó
 en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga 
al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. 
¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? 
«Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y
 él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada. 

Es cierto que, hablando de sus discípulos al Padre, 
Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, 
excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, 
como en muchos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo, 
no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, 
sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda 
palabra dicha de Judas: 
«Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). 
El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios.
La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos 
están en la bienaventuranza eterna; pero ella misma no sabe de nadie 
que esté en el infierno. 

Dante Alighieri que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo
 del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, 
hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban 
condenado porque murió excomulgado Herido de muerte en batalla,
 él confía al poeta que, en el último instante de vida, 
se rindió llorando a quien «perdona con gusto» y desde el purgatorio
envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros: 

Horribles fueron los pecados míos; 
pero la bondad infinita tiene tan grandes brazos, 
que toma a quien se dirige a ella .

* * *

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro 
hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona 
gustosamente, a arrojarnos, también nosotros,
 en los brazos abiertos del crucificado. 
Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, 
sino la respuesta que Jesús da.
 Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón 
de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad
 hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege.
Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el Huerto de los Olivos, 
su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). 
Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle 
su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas 
en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza:
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), 
no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros?
 ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro?
 Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, 
pero también Judas tuvo remordimiento, 
hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!»,
 y restituyó los treinta denarios.
 ¿Dónde está, entonces, la diferencia?
 En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo,
 ¡Judas no!
 El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, 
sino haber dudado de su misericordia. 

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición,
no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón.
Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia 
segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la 
reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento!
Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, 
pero más dulce aún experimentarlo como Redentor: 
como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, 
que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: 
«¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3). 
La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la 
Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet:
 «¡Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!»
 Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, 
una vez que nos hemos arrepentidos, «felices culpas», 
culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión 
de experiencia de misericordia y de ternura divinas! 

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, 
Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana
 de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón 
las palabras de un gran converso de nuestro tiempo:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo!
Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche.
Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como
 se lanza un grito! [...]
Padre mío que me has generado antes de la aurora, 
estoy en tu presencia.
Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas.
Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno.
El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio.
Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido» .

Es lo que la Pascua de Cristo puede hacer de nosotros.