SAN AGUSTIN

¿Cómo aprender Humildad? ¡Sólo con humillaciones!
(Beata Teresa de Calcuta)

...Llenaos primero vosotros mismos; sólo así podréis dar a los demás. (San Agustín)

Dios no pretende de mí que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel.
(Beata Teresa de Calcuta)

GOTA

... lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota.
(Beata Teresa de Calcuta)

Contento, Señor, Contento (San Alberto Hurtado)

...y ESO ES LA SANTIDAD, DEJAR QUE EL SEÑOR ESCRIBA NUESTRA HISTORIA... (Papa Francisco)

«No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera...».
(Santa Ángela de la Cruz)

Reconoce cristiano, tu dignidad, que el Hijo de Dios se vino del Cielo, por salvar tu alma. (San León Magno)

viernes, 30 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA


La vida cristiana en la familia
Ef 5,21-6,4
Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.
Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.
Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.
Hijos, obedeced a vuestros padres como el Señor quiere, porque eso es justo. «Honra a tu padre y a tu madre» es el primer mandamiento al que se añade una promesa: «Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra.»
Padres, vosotros no exasperéis a vuestros hijos; criadlos educándolos y corrigiéndolos como haría el Señor.
R/. Hijos, obedeced a vuestros padres como el Señor quiere, porque eso es justo. Honra a tu padre y a tu madre.
V/. Jesús bajó con María y José a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
R/. Honra a tu padre y a tu madre.



El ejemplo de Nazaret
Pablo VI
Alocución en Nazaret 5-I-1964
Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.
Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá e una manera casi insensible, a imitar esta vida.
Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.
Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de la disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.
¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!
Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.
Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.
Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.
Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.
Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor.

Oremos:

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.




ORACIÓN POR LA FAMILIA . SANTA TERESA DE CALCUTA



Oración por La Familia (Madre Teresa De Calcuta)


Padre Celestial, nos has dado un modelo de vida en la Sagrada Familia de Nazaret.
 Ayúdanos, Padre amado, a hacer de nuestra familia otro Nazaret, donde reine el amor, la paz y la alegría.  Que sea profundamente contemplativa, intensamente eucarística y vibrante con alegría.
Ayúdanos a permanecer unidos por la oración en familia en los momentos de gozo y de dolor.
Enséñanos a ver a Jesucristo en los miembros de nuestra familia especialmente en los momentos de angustia. Haz que el Corazón de Jesús Eucaristía haga nuestros corazones mansos y humildes como el suyo y ayúdanos a sobrellevar las obligaciones familiares de una manera santa.
 Haz que nos amemos más y más unos a otros cada día como Dios nos ama a cada uno de nosotros y a perdonarnos mutuamente nuestras faltas como Tú perdonas nuestros pecados.
Ayúdanos, oh Padre amado, a recibir todo lo que nos das y a dar todo lo que quieres recibir con una gran sonrisa.
 Inmaculado Corazón de María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
 San José, ruega por nosotros.

 Santos Angeles de la Guarda permaneced a nuestro lado, guiadnos y protegednos. Amén!                  Madre Teresa de Calcuta.

jueves, 29 de diciembre de 2016

SANTO TOMÁS BECKET


Santo Tomás Becket, obispo y mártir.
Nació en Londres el año 1118; fue clérigo de Canterbury y canciller del reino, y fue elegido obispo el año 1162. Defendió valientemente los derechos de la Iglesia contra el rey Enrique II, lo cual le valió el destierro a Francia durante seis años. Vuelto a la patria, hubo de sufrir todavía numerosas dificultades, hasta que los esbirros del rey lo asesinaron el año 1170.
Santo Tomas Becket, obispo y mártir, que, por defender la justicia y la Iglesia, fue obligado a desterrarse de la sede de Canterbury y de su misma patria, Inglaterra, a la que volvió al cabo de seis años y donde padeció mucho hasta que emigró hacia Cristo, al ser asesinado en la catedral por los esbirros del rey Enrique II.













Nadie recibe el premio si no compite conforme al reglamento
Santo Tomás Becket, obispo
(Carta 74: PL 190, 533-536)
Si nos preocupamos por ser lo que decimos ser y queremos conocer la significación de nuestro nombre -nos designan obispos y pontífices-, es necesario que consideremos e imitemos con gran solicitud las huellas de aquel que, constituido por Dios Sumo Sacerdote eterno, se ofreció por nosotros al Padre en el ara de la cruz. Él es el que, desde lo más alto de los cielos, observa atentamente todas sus acciones y sus correspondientes intenciones para dar cada uno según sus obras.
Nosotros hacemos su vez en la tierra, hemos conseguido la gloria del nombre y el honor de la dignidad, y poseemos temporalmente el fruto de los trabajos espirituales; sucedemos a los apóstoles y a los varones apostólicos en la más alta responsabilidad de las Iglesias, para que, por medio de nuestro ministerio, sea destruido el imperio del pecado y de la muerte, y el edificio de Cristo, ensamblado por la fe y el progreso de las virtudes, se levante hasta formar un templo consagrado al Señor.
Ciertamente que es grande el número de los obispos. En la consagración prometimos ser solícitos en el deber de enseñar, de gobernar y de ser más diligentes en el cumplimiento de nuestra obligación, y así lo profesamos cada día con nuestra boca; pero, ¡ojalá que la fe prometida se desarrolle por el testimonio de las obras! La mies es abundante y, para recogerla y almacenarla en el granero del Señor, no sería suficiente ni uno ni pocos obispos.
¿Quién se atreve a dudar de que la Iglesia de Roma en la cabeza de todas las Iglesias y la fuente de la doctrina católica? ¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica toda la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios?
Es necesario, sin duda, que sean muchos los que planten, muchos los que rieguen, pues lo exige el avance de la predicación y el crecimiento de los pueblos. El mismo pueblo del antiguo Testamento, que tenía un solo altar necesitaba de muchos servidores; ahora, cuando han llegado los gentiles, a quienes no sería suficiente para sus inmolaciones toda la leña del Líbano y para sus holocaustos no sólo los animales del Líbano, sino, incluso, los de toda Judea, será mucho más necesario la pluralidad de ministros.
Sea quien fuere el que planta y el que riega, Dios no da crecimiento sino a aquel que planta y riega sobre la fe de Pedro y sigue su doctrina.
Pedro es quien ha de pronunciarse sobre las causa más graves, que deben ser examinadas por el pontífice romano, y por los magistrados de la santa madre Iglesia que él designa, ya que, en cuanto participan de su solicitud, ejercen la potestad que se les confía.
Recordad, finalmente, cómo se salvaron nuestros padres, cómo y en medio de cuántas tribulaciones fue creciendo la Iglesia; de qué tempestades salió incólume la nave de Pedro, que tiene a Cristo como timonel; cómo nuestros antepasados recibieron su galardón y cómo su fe se manifestó más brillante en medio de la tribulación.
Éste fue el destino de todos los santos, para que se cumpla aquello de que nadie recibe el premio si no compite conforme al reglamento.
R/. El Señor te ha coronado con una diadema de justicia: Te ha vestido el traje de su gloria; en ti habita Dios, el Santo de Israel.
V/. Has combatido bien tu combate, has corrido hasta la meta; ahora te aguarda la corona merecida.
R/. Te ha vestido el traje de su gloria; en ti habita Dios, el Santo de Israel.
Final

Oremos:

Señor, tú que has dado a santo Tomás Becket grandeza de alma para entregar su vida en pro de la justicia, concédenos, por su intercesión, sacrificar por Cristo nuestra vida terrena para recuperarla de nuevo en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
                                                                      
La Muerte de Santo Tomás Becket. (Albert Pierre 1852)



lunes, 26 de diciembre de 2016

MARTIRIO DE SAN ESTEBAN

San Esteban

INFOVATICANA
26 diciembre


Se le llama “protomartir” porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.
Después de Pentecostés, los apóstoles dirigieron el anuncio del mensaje cristiano a los más cercanos, a los hebreos, despertando el conflicto por parte de las autoridades religiosas del judaísmo.
Como Cristo, los apóstoles fueron inmediatamente víctimas de la humillación, los azotes y la cárcel, pero tan pronto quedaban libres, continuaban la predicación del Evangelio. La primera comunidad cristiana, para vivir integralmente el precepto de la caridad fraterna, puso todo en común, repartían todos los días cuanto bastaba para el sustento. Cuando la comunidad creció, los apóstoles confiaron el servicio de la asistencia diaria a siete ministros de la caridad, llamados diáconos.
Entre éstos sobresalía el joven Esteban, quien, a más de desempeñar las funciones de administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia, y lo hizo con tanto celo y con tanto éxito que los judíos “se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al Sanedrín. Después presentaron testigos falsos, que dijeron: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley; pues lo hemos oído decir que este Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés”.
Esteban, como se lee en el capítulo 7 de Los Hechos de los apóstoles, “lleno de gracia y de fortaleza”, se sirvió de su autodefensa para iluminar las mentes de sus adversarios. Primero resumió la historia hebrea desde Abrahán haste Salomón, luego afirmó que no había blasfemado contra Dios ni contra Moisés, ni contra la Ley o el templo.
Demostró, efectivamente, que Dios se revela aun fuera del templo, e iba a exponer la doctrina universal de Jesús como última manifestación de Dios, pero sus adversarios no lo dejaron continuar el discurso, porque “lanzando grandes gritos se taparon los oídos…y echándolo fuera de la ciudad, se pusieron a apedrearlo”.
Doblando las rodillas bajo la lluvia de piedras, el primer mártir cristiano repitió las mismas palabras de perdón que Cristo pronunció en la cruz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. En el año 415 el descubrimiento de sus reliquias suscitó gran conmación en el mundo cristiano.
Cuando parte de estas reliquias fueron llevadas más tarde por Pablo Orosio a la isla de Menorca, fue tal el entusiasmo de los isleños que, ignorando la lección de caridad del primer mártir, pasaron a espada a los hebreos que se encontraban allí. La fiesta del primer mártir siempre fue celebrada inmediatamente después de la festividad navideña, es decir, entre los “comites Christi”, los más cercanos a la manifestación del Hijo de Dios, porque fueron los primeros en dar testimonio de él.

domingo, 25 de diciembre de 2016

HOY CELEBRAMOS LA NAVIDAD





 Hoy, por nosotros, se ha dignado nacer de la Virgen, el Rey de los cielos, 
para restituir al hombre a los reinos celestiales. 

Se alegra el ejército de los ángeles, porque se ha mostrado la salvación del linaje humano 
 
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.



Lc 2,1-14: Hoy nos ha nacido un Salvador.
En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: "No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor."

miércoles, 21 de diciembre de 2016

HIMNO A LA MISERICORDIA DE DIOS


Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
Él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés 
y sus hazañas a los hijos de Israel.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo, 
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.

Pero la misericordia del Señor dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.

El Señor puso en el cielo su trono, 
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.

Bendecid al Señor, ejércitos suyos, 
servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras,
en todo lugar de su imperio.

¡Bendice, alma mía, al Señor!
                                             
                       (Salmo 102)


martes, 20 de diciembre de 2016

AGRADECER AL PAPA EMÉTRITO RATZINGUER TODA SU OBRA

Ratzinger y esos “conservadores” que sabotean la Tradición

19 de dic de 2016
El primer volumen de los escritos del Papa profesor sobre y en el Concilio Vaticano II; 726 páginas llenas de sugerencias para el presente de la Iglesia
Para Joseph Ratzinger, el Concilio Vaticano II fue un destino. Como asesor teológico del cardenal Frings, vivió las cuatro sesiones de aquella gran aventura sumergido en el ritmo intenso de las sesiones de trabajo, iniciativas, reuniones y elaboraciones de documentos, en contacto con los mayores obispos y teólogos del siglo XX, desde Congar hasta Rahner, pasando por Frings, Volk, De Lubac y Danièlou. Cuando era ya cardenal y Prefecto del ex Santo Oficio, vinculó su nombre al Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, para volver a proponer sistemáticamente el «depositum fidei» a la luz del Vaticano II. Como Pontífice, trató de subsanar el cisma con los tradicionalistas lefebvrianos, exponiéndose a las acusaciones de haber abierto el camino a la Iglesia del «anticoncilio». El entusiasta defensor de la reforma conciliar, al convertirse en Sucesor de Pedro, también reivindicó una apropiada «hermenéutica» del Concilio Vaticano II, indicando que esa reforma no implicaba ninguna alteración genética en la Iglesia. Pero justamente la centralidad del Vaticano II en el camino recorrido por Joseph Ratzinger se convirtió en algunas ocasiones en un dato enigmático. Muchas personas, durante varios años, se pusieron a medir la «coherencia» del recorrido ratzingeriano, acaso para reprocharle vergonzosos cambios de «partido», que habrían indicado arrepentimiento tardío, o (en el otro frente) con la intención de insinuar una perdurante pulsión «modernista» activa bajo decisiones atormentadas asumidas cuando era custodio de la ortodoxia católica.
Finalmente, la publicación del primer tomo de los escritos de Joseph Ratzinger en y sobre el Vaticano II, reunidos en el VII volumen de la «Opera omnia» editada por la Libreria Editrice Vaticana, permite consultar, «sine glossa», la intensidad con la que el Papa emérito vivió el Concilio y todas sus consecuencias. Frente a los ríos de palabras incandescentes que surgieron «en vivo», mientras estaba sumergido en ese gran evento eclesial, desaparecen muchas agotadoras discusiones sobre la hermenéutica (sobre el Concilio y sobre el pensamiento de Ratzinger). Y, sobre todo, se encuentran diseminadas en las 726 páginas del volumen muchísimas intuiciones y muchos descubrimientos llenos de sugerencias para el presente de la Iglesia.
La consoladora actualidad eclesial de los textos conciliares de Joseph Ratzinger no se agota en las asonancias profundas que hay entre las intuiciones y los entusiasmos del entonces joven profesor de teología y el «sensus Ecclesiae» del octogenario Papa Francisco. La frescura y la actualidad de las páginas surgen de esa que Ratzinger definía entonces como la auténtica fuente de la reforma conciliar. La misma que nutre hoy la «conversión pastoral» que ha sugerido el actual Sucesor de Pedro, y que sigue suscitando nuevas resistencias sordas y sabotajes organizados.
Hay un pasaje de los escritos sobre el Concilio que acaban de ser publicados en el que Joseph Ratzinger advierte y describe con una intuición nítida y muy actual los rasgos reales de la reunión conciliar. Y las dinámicas que describió entonces se parecen mucho a las que mueven y agitan los escenarios eclesiales del presente. La feliz intuición se encuentra en su resumen del tercer periodo conciliar, en las páginas dedicadas a la «Nota explicativa previa», el texto firmado por el cardenal Pericle Felici con el que se explicaban los criterios con los que había que interpretar los pasajes sobre la colegialdiad episcopal contenidos en la Constitución apostólica «Lumen Gentium»: esos que la minoría del Concilio nunca dejó de criticar, aduciendo que eran un posible factor de «debilitamiento» de la autoridad papal.
Según Ratzinger, se habían delineado claramente dos opciones de fondo que se enfrentaban en el Concilio a la sombra de la «Nota previa» (que él no apreciaba para nada): por una parte, «un pensamiento que parte de toda la vastedad de la Tradición cristiana, y con base en ella trata de describir la constante amplitud de las posibilidades eclesiales». Por otra, «un pensamiento puramente sistemático, que admite solo la presente forma jurídica de la Iglesia como criterio de sus reflexiones, y, por lo tanto, necesariamente teme que cualquier movimiento fuera de ella sea caer en el vacío» (471).
El «conservadurismo» de la segunda opción, según Ratzinger, estaba arraigado «en su extraneidad a la historia y, por tanto, en el fondo, en una “carencia” de Tradición, es decir de apertura hacia el conjunto de la historia cristiana» (471). La descripción de los hechos que hizo Ratzinger le daba la vuelta al ya entonces existente esquema prefabricado que describía el Concilio en curso como un conflicto entre «conservadores» ansiosos por los posibles «desgarres» de la Tradición y los «progresistas» condicionados por las pulsaciones modernistas. La situación, explicaba Ratzinger, era completamente al revés: los que eran catalogados como «progresistas», o, por lo menos, «la parte más consistente de ellos» que estaba trabajando para favorecer una «vuelta a la amplitud y a la riqueza de lo que ha sido transmitido». Ellos volvían a encontrar las fuentes de la renovación que esperaban justamente en la «intrínseca amplitud propia de la Iglesia» (471).
Lo mismo sucede hoy, en la Iglesia, en la que los que despliegan las banderas de la doctrina y de la Tradición son justamente los que se resisten a la Iglesia que camina en la sencillez de la Tradición.
El deseo de volver a las fuentes para disfrutar de toda «la amplitud y la riqueza de lo que ha sido transmitido», es la filigrana tenaz que se aprecia en todos los textos que Ratzinger dio al gran trabajo del Concilio: desde sus intervenciones sobre la Divina Revelación hasta los textos sobre la misión, desde los escritos (críticos) sobre cierto «optimismo» en la Constitución «Gaudium et Spes» sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo hasta los textos (de enorme riqueza) que escribió sobre la «batalla crucial» sobre la colegialidad episcopal en la Iglesia, con los cuales pretendía demostrar y documentar que la doctrina de la colegialidad no era una novedad teológica, sino parte de la Tradición. A los que seguían sosteniendo que los términos Colegio y colegialidad no aparecían en los Evangelios, Ratzinger (con sus colegas teólogos Karl Rahner y Gustave Martelet), hacía notar que lo mismo se podía decir sobre los términos «Primado» e «Infalibilidad». «La Tradición y el magisterio», escribía el entonces futuro Papa Benedicto, «siempre deben desarrollar el germen contenido en la Escritura» (210). Porque la Iglesia, Esposa de Cristo, no es una entidad sacra autosuficiente, fuera del tiempo y del espacio, que hay que defender a como dé lugar de cualquier tipo de crítica. Ella se reconoce a sí misma como una realidad que camina en la historia, sin dejar de depender, paso a paso, de la gracia de Cristo, «continuamente necesitada de renovación», situada «bajo el signo de la debilidad y del pecado», por lo que «siempre necesita la ternura de Dios que la perdona».
por Gianni Valente
fuente: Vatican Insider

FALLECIÓ D JAVIER, PRELADO DEL OPUS DEI . 12 DE DICIEMBRE VIRGEN DE GUADALUPE


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Gracias, Padre

Fallece Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei

13 de dic de 2016
A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, ha fallecido Mons. Javier Echevarría, obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, ha fallecido Mons. Javier Echevarría, obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. El vicario auxiliar de la prelatura, Mons. Fernando Ocáriz, pudo administrarle los últimos sacramentos esta misma tarde.
El prelado del Opus Dei había sido hospitalizado el pasado 5 de diciembre en el policlínico Campus Bio-Medico de Roma a causa de una leve infección pulmonar.
Mons. Echevarría estaba recibiendo un antibiótico para combatir la infección. Fuentes del centro médico han señalado que el cuadro clínico se complicó hace tres días, agravándose en las últimas horas y provocando una insuficiencia respiratoria que ocasionó el fallecimiento.
Como prevé el derecho de la prelatura, el gobierno ordinario de la prelatura recae ahora sobre vicario auxiliar y general Mons. Fernando Ocáriz. Según los estatutos de la Prelatura, a él compete convocar en el plazo de un mes un congreso electivo que elija al nuevo prelado. El congreso ha de celebrarse en el plazo de 3 meses. La elección debe ser posteriormente confirmada por el Papa.
El Prelado ha fallecido a los 84 años de edad. Nació en Madrid en 1932, y en esa misma ciudad conoció a san Josemaría, de quien fue secretario desde 1953 hasta 1975.
Más adelante, fue nombrado secretario general del Opus Dei. En 1994 fue elegido prelado. Recibió de manos de san Juan Pablo II la ordenación episcopal el 6 de enero de 1995 en la basílica de San Pedro.
A lo largo de esta noche se han celebrado diversas misas corpore insepulto en la capilla del centro hospitalario. Mons. Fernando Ocáriz celebró la primera hacia la 1 de la madrugada.
Al comunicar la noticia, Mons. Fernando Ocáriz, vicario auxiliar y general de la prelatura del Opus Dei, ha comentado que se trata de un momento “de oración, de serenidad y de unidad”.
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Y ha añadido: “A la pena por la marcha de un padre, se une el agradecimiento por el cariño y el buen ejemplo que nos ha dado en estos 22 años como prelado”.
El vicario auxiliar ha explicado que justamente el pasado 3 de diciembre, fecha de su santo, Mons. Echevarría decía a las personas del Opus Dei que le acompañaban: “Quiero apoyarme en vosotros. Os necesito. Yo ya estoy de paso. La prelatura del Opus Dei está en vuestras manos. Sostened al prelado, sea quien sea”.
Mons. Ocáriz también ha relatado que en sus últimos momentos, el prelado “rezaba a la Virgen de Guadalupe. Quienes le acompañaban, le preguntaron: -¿Quiere que pongamos la imagen de la Virgen de Guadalupe a la vista? Y él respondió: -No hace falta, aunque no vea el cuadro, la siento conmigo”.

fuente: Opus Dei

martes, 13 de diciembre de 2016

HNA MARY PREMA SUCESORA DE MADRE TERESA

La Hermana Mary Prema enmarca la figura de la santa

La sucesora de Madre Teresa revela su fuerza: ella reconocía en cada persona el hambre de Dios

La sucesora de Madre Teresa revela su fuerza: ella reconocía en cada persona el hambre de Dios
La Hermana Mary Prema, sucesora de la Madre Teresa al frente de las Misioneras de la Caridad, ora ante su tumba

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9 septiembre 2016
La Hermana Mary Prema, actual superior de las Misioneras de la Caridad, habló sobre la Madre Teresa en el Simposio internacional de 2016 celebrado en la India sobre la vida y la misión de Santa Teresa de Calcuta. La sucesora de Madre Teresa señaló los factores que la hicieron fecunda: un cierto sentido común, entrega, fe y la convicción de que había que mostrar que el hombre no sólo tiene hambre de pan y pobreza material.

A continuación reproducimos el mensaje íntegro recogido en AsiaNews por su interés.

***

Nuestra Madre vivió  y obró sobre sólidas convicciones. El don del “buen sentido común” le fue donado en medida increíble. Aquello que la Madre reconoció como voluntad de Dios en favor de ella, lo abrazó libremente y con todo el corazón, sin ninguna dilación.

El día que entré en las Misioneras de la Caridad todo estaba listo para que yo y otra candidata fuésemos a Londres para unirnos a las “aspirantes”. Poco después de haber partido llegó una llamada telefónica con las instrucciones de la madre: “No vayan a Londres. La Madre las espera en Essen”.

Recién llegadas fuimos guiadas por ella a la capilla para una pequeña y simple ceremonia. La Madre besó con reverencia un pequeño crucifijo, me lo dio para besarlo y lo puso cerca de mi corazón. Con su voz baja y firme, la Madre pronunció las palabras que contienen el programa de nuestra vida como Misioneras de la Caridad.

En aquella primera mañana no lo comprendí en su sentido pleno, pero estas palabras entraron en lo profundo de mi corazón: “Hija mía, recibe el símbolo de nuestro Esposo crucificado. Sigue sus Huellas, en busca de almas. Lleva a Él y a Su luz a las casas de los pobres, en modo particular en aquellas de las almas más necesitadas. Difunde la caridad de Su corazón donde vayas y así calma Su sed de almas".

La Madre era devota en guiarnos en el camino de la santidad. Veía en nuestras dos pequeñas almas, ansias de dejar todo para seguir a Jesús.

Cada día a las cinco de la mañana, antes de entrar a la capilla renovamos nuestras intenciones: “Te di mi libertad, amado Jesús, yo te seguiré. Adonde Tú quieras iré en busca de almas, a toda costa, sobre la base del puro amor en Tus encuentros”.

Hasta en su edad avanzada y con la salud cada vez más débil, la Madre era la primera en la capilla para confirmar su amor por Él.



Desde su tierna edad la Madre Teresa fue formada por el Sagrado Corazón de Jesús, que fue su primer amor. Su amor por Jesús creció a través de los años y el Amor la empujó a confiarse y a rendirse a Él en modo tan completo que Cristo ha podido llevarla a la obscuridad de nuestro mundo para ser Su presencia, Su amor y Su compasión.

La Madre era un instrumento dócil en las manos de Dios. Perseveró en el permanecer totalmente a disposición de Jesús, para poder ser usada por Él sin preguntar.

La Madre enfrentó situaciones que habrían podido repeler a su naturaleza humana con la misma firme convicción con la que enfrentó enormes dolores y persecuciones.

Citando sus palabras: “de mi elección, mi Dios y llena de amor por ti estoy lista -aunque tuviera que sufrir aún más- para seguirte y cumplir tu Santa Voluntad”. La Madre tenía sus ojos fijos en Jesús, que seguía con el ardiente deseo de amarlo como Él no había sido amado antes. Esta voluntad suya se expresaba con la gran sonrisa que tenía para cada uno.

Un día vio a una hermana saliendo hacia el apostolado con cara triste. La llamó a su habitación y le preguntó: “¿Qué dijo Jesús: llevar la Cruz o esquivarla? “Llevar la Cruz y seguirlo", respondió la hermana. Y la Madre: Entonces ¿por qué tratas de superarlo?”. Con alegría aquella hermana aprendió la lección: el modo de predicar a Cristo es a través de la alegría. 

Esto significa amor humilde y gentileza en la sonrisa y alegría que sale de los ojos. “Quizás no estaremos en grado de dar mucho, pero podemos siempre dar la alegría que florece de un corazón que ama a Dios”.

“Querido Jesús, quiero seguirte siempre en busca de almas”.

La Madre siguió al Buen Pastor en busca de almas, dispuesta a pagar el precio que Jesús mismo pagó. En 1947, durante una de sus visiones, Madre Teresa se ve rodeada por una enorme multitud de personas pobres de todo tipo, también niños, que tenían marcados en los rostros dolor y sufrimiento. Éstos la llamaban: “Ven, ven sálvanos. Llévanos a Jesús”.

La Virgen preguntó a Jesús cómo responder a este pedido desesperado de los pobres y se le revelaron los medios para lograr hacerlo. La Madre estaba dispuesta a ofrecer todo por un solo niño inocente, para que permaneciese puro para Jesús; por un solo moribundo, para que pudiese morir en paz con Dios; por una sola familia infeliz, para que pudiesen recibir la alegría de amarse y ocuparse los unos de los otros.

Estaba aferrada por el dolor de Jesús y por el dolor que viven en la obscuridad porque ignoran a Dios y a Su amor misericordioso para ellos. Escribió: “¡Cuántas personas mueren sin Dios, solo porque no hay nadie que les hable de Su misericordia!”.

No hay duda de que dejar la seguridad del convento de Loreto para seguir a Jesús en los barrios pobres fue la voluntad de Dios. Estar junto a los pobres para redimirlos, llevando a Dios a sus vidas. Impulsada por el amor, la Madre siguió al Casto Esposo en el ardiente amor por el Padre y por toda la humanidad. Estaba “llena de ardiente deseo de calmar la sed infinita de Cristo en la Cruz, sed de amor y sed de almas”.

Impulsada por el amor siguió al Esposo obediente, que ha escuchado cada manifestación de la voluntad del Padre en las personas, en los eventos y en modo particular en el llanto de los pobres. Siguió a Jesús, que fue consagrado y enviado por el Padre para guiar a cada uno hacia la plena unión con Él.

Mirando con los ojos de Jesús vio más allá de las apariencias, derecho hacia el alma,siempre magnificando la dignidad de un hijo de Dios.

Casta, religión, nacionalidad, grado social - también comportamientos ofensivos- no lograron distraerla de la verdad: cada alma está creada a imagen y semejanza de Dios y cada alma es creada para amar y ser amada.

La Madre amaba contemplar a Nuestra Señora -después de la Anunciación- cuando con toda rapidez fue a su prima Isabel para ayudarla en el momento de necesidad. La Virgen María, Madre de Dios, llevó la presencia de Jesús a la casa de Isabel; la Madre llevó la presencia de Jesús a todos los lugares donde ha llevado a las hermanas para servir a los pobres, aquellos de los cuales nadie se ocupaba.

Ningún problema era demasiado complicado, si las circunstancias daban a Jesús un “nuevo tabernáculo”: así Madre Teresa definía el nacimiento de una nueva comunidad.

Siempre insistió sobre el hecho de que el trabajo debe hacerse en el espíritu del sacrificio Eucarístico, o sea en espíritu de total rendimiento y ofrecimiento de sí mismo.

En 1971, Madre Teresa y sus hermanas comenzaron una misión en Nueva York, en el Bronx. Alguno preguntó: “¿Por qué viene a EEUU? ¿No hay pobres en India?”. Ella respondió: “¿No nos dijo Jesús, vayan por todo el mundo, y proclamen la Buena Noticia a toda la creación?”.



Mirando el mapamundi, la Madre señalaba los lugares donde todavía no estaban presentes. Su deseo era llegar a los confines de la Tierra y más allá. Como dijo una vez. “Si hay pobres en la Luna, entonces tendremos que ir a la Luna”. Esto porque el verdadero amor no se mide: se dona y basta.

En la vida de la Madre cada cosa tenía que ver con el amor por Jesús y el deseo de hacerlo presente, conocido y amado por todos. No se necesitan proyectos, calificaciones, fondos: basta un corazón lleno de amor por Jesús y el deseo de donar por completo la propia vida en el servicio a los pobres.

En sus instrucciones a las novicias la Madre siempre decía: “Si no quieres ser santa, toma tus cosas y vete a casa. No necesito números, necesito hermanas santas”.

La Madre fue siempre compasiva con nosotras en los momentos de fracaso, debilidad y error. Nos ha enseñado y nos ha corregido con firmeza y gentileza. Creía en nuestras buenas intenciones y confiaba en el hecho de que Dios nos usaría para Su trabajo. Nos dio la conciencia del hecho de que cada uno de nosotros necesita hacer de lo suyo lo mejor, porque el deseo y la hosquedad hieren el Corazón de Jesús, que encontramos es las hermanas y en los pobres.

Cuando un obispo pide que se establezca una comunidad de hermanas en su diócesis, el acuerdo es que el mismo obispo se comprometa a permitir a la comunidad tener una capilla en el propio convento; de modo que se celebre misa todos los días y que esté expuesto el Señor a la adoración eucarística. También debe garantizar la posibilidad de confesarse cada semana . "Buscad primero que en el Reino de Dios y su justicia . Todo lo demás vendrá " .

Inflamada por el amor, consciente de la propia pequeñez pero convencida de que gracias a la fe invencible para Dios es todo posible, la Madre fue a lugares donde Jesús no era conocido o amado. Peligro, rechazo y fronteras cerradas son desafíos a los que se enfrentó y que -con la ayuda de Nuestra Señora- logró superar.

Madre Teresa trataba con los líderes de las naciones que no conocían su necesidad de Dios. Cuando los encontraba, apelaba a su amor por sus pueblos, diciendo: “oro y plata no tengo, pero aquello que tengo quiero donárselo. Aquí tiene, tome cuatro de mis hermanas para llevar amor y tierno cuidado a su pueblo”.

En 1981 se abrió una comunidad en el Berlín Oriental. El ardiente deseo de la Madre era honrar a la Virgen dándole 15 santuarios en la Unión Soviética, tantos como los Misterios del Rosario.

En Cuba estamos presentes con 11 comunidades. En 1977 el gobierno comunista de Etiopía expulsó a los misioneros y extranjeros del país, pero le dijeron a la Madre. “No se irá muy lejos porque ama a nuestro pueblo”.

Los líderes de las naciones con tradiciones no cristianas, que no conocían su necesidad de Jesús, aceptaron la oferta de la madre acerca de ofrecer sus servicios a los pobres, sin distinción de castas o religiones.

El presidente de Yemen invitó a la Madre y sus hermanas y aceptó darle un visado al sacerdote que las habría acompañado. Cuando la Madre vio las condiciones de los leprosos de aquel lugar, vio en ellos a Jesús: Jesús, ¿cómo? ¿Cómo podemos dejarte en este estado?”.

Las hermanas están a cargo de sus muchas necesidades, llevando esperanza a sus vidas y la alegría de ser amado.

A un rico benefactor local, la Madre Teresa le dijo: “Estas personas son todas de fe musulmanas. Necesitan rezar. Por favor constrúyales una mezquita para ellos donde puedan rezar”.

Madre Teresa siempre reconoció el hambre más profundo en cada uno de nosotros: el hambre de Dios. Y hoy miles de personas de todas las naciones, de todas las religiones y de todas las razas vinieron para agradecer a alabar a Dios por su Madre: santa Teresa de Calcuta. Dios os bendiga.