SAN AGUSTIN

¿Cómo aprender Humildad? ¡Sólo con humillaciones!
(Beata Teresa de Calcuta)

...Llenaos primero vosotros mismos; sólo así podréis dar a los demás. (San Agustín)

Dios no pretende de mí que tenga éxito. Sólo me exige que le sea fiel.
(Beata Teresa de Calcuta)

GOTA

... lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota.
(Beata Teresa de Calcuta)

Contento, Señor, Contento (San Alberto Hurtado)

...y ESO ES LA SANTIDAD, DEJAR QUE EL SEÑOR ESCRIBA NUESTRA HISTORIA... (Papa Francisco)

«No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera...».
(Santa Ángela de la Cruz)

Reconoce cristiano, tu dignidad, que el Hijo de Dios se vino del Cielo, por salvar tu alma. (San León Magno)

jueves, 8 de diciembre de 2016

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA. PAPA BENEDICTO XVI


La Inmaculada Concepción de María: Benedicto XVI


Don Pablo Blanco es, probablemente, el mayor especialista (como mínimo divulgador) de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) en España. Suyo es el conocido libro “Benedicto XVI: el Papa alemán” que publicara Planeta en 2010 . Los enamorados del pontificado de B16 lo hemos leído y recomendamos su lectura siempre que podemos.
En esta ocasión, don Pablo se ha encargado de la edición de una colección de homilías del Pontífice. Se trata de un ejemplo por festividad o día solemne. Una para cada domingo de Adviento, de Cuaresma, homilias de la Navidad y de solemnidades como el del día de hoy, la Inmaculada.
Con Benedicto XVI ocurre que no hay homilia de la que no se puedan sacar cosas de mucho provecho. No le habrá sido fácil al editor escoger las que se han decidido publicar. Les extraigo algunos párrafos del del día de la Inmaculada como prueba de lo que este delicioso libro ofrece.
“Pero ahora debemos preguntarnos:  ¿Qué significa “María, la Inmaculada"? ¿Este título tiene algo que decirnos? La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes imágenes. Ante todo, el relato maravilloso del anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías.

El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el “resto santo” de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sión, la pura, la morada viva de Dios. En ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo. 

Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del salmo “La tierra ha dado su fruto” (Sal 67, 7). Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio de la historia con Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice “sí” al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.”
(…)
Precisamente  en  la  fiesta  de  la  Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida:  la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.

Pensamos que Mefistófeles —el tentador— tiene razón cuando dice que es la fuerza “que siempre quiere el mal y siempre obra el bien” (Johann Wolfgang von Goethe, Fausto I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario. 

Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto:  el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta. 

Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa." 
BENEDICTO XVI
“Caminar con el resucitado: homilías de un pontificado”
Ediciones Cristiandad, 2016

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo. 
A los que predestinó, los llamó.
A los que llamó, los justificó.

En este día de la Inmaculada, pongamos en manos de María, toda nuestra historia, la vocación a la que estamos llamados, la Santidad, ya seamos clérigos, religiosos o laicos.
Recemos a nuestra Madre del Cielo, para que nos ayude y nos acompañe en estos tiempos confusos, y con nosotros, ruegue al Espíritu Santo por esta Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que tanto sufre en todo el mundo.

Ave María Purísima,
- Ruega por nosotros


domingo, 27 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Pasa el tiempo, cambia hoy el tiempo litúrgico y comienza el Tiempo de Adviento,Ciclo A de lecturas.
Tiempo que la Iglesia nos ofrece  para rezar y meditar, tiempo penitencial para preparar el Nacimiento del Hijo de Dios.
No olvidemos que Dios se baja del Cielo, como nos sugiere San León Magno:
 Reconoce cristiano, tu dignidad, que el Hijo de Dios se vino del Cielo, por salvar tu alma. 
                                                                                            


Hoy como todos los años pondría la Corona de Adviento con la primera vela morada encendida, pero
quiero este año, sea también recuerdo la Luz de los Mártires,  ya que celebraría su fiesta en este  27 de Diciembre,  en concreto, el Beato Bronislao Kostowski, mártir, beatificado en Polonia el 13 de Junio de 1999 por San Juan Pablo II, junto a otros 107 mártires polacos durante la ocupación nazi (1939-1945).

Así este primer domingo, personalmente me propongo 
meditar sobre la Luz de los Mártires, que nunca se apagará y
propongo la Homilía de San Juan Pablo II como texto de meditación, además de las Lecturas de este Solemne domingo.
                                                     
Mártires Polacos 1939-1945

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Varsovia, domingo 13 de junio 1999
    

1. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).
Amadísimos hermanos y hermanas: con las palabras de esta bienaventuranza de Cristo, saludo al pueblo fiel de Varsovia, en esta etapa de mi peregrinación. Saludo cordialmente a todos los presentes: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos. Dirijo un saludo fraterno a los obispos, especialmente al cardenal primado y a sus colaboradores, los obispos auxiliares de la archidiócesis de Varsovia. Saludo al señor presidente de la República, al señor primer ministro, al presidente del Senado y al señor presidente de la Dieta, a los representantes de las autoridades estatales y locales, y a los huéspedes invitados.
Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido poder encontrarme nuevamente aquí, donde hace veinte años, en la memorable vigilia de Pentecostés, vivimos de modo especial el misterio del cenáculo. Juntamente con el cardenal Stefan Wyszynski, el Primado del milenio, con los obispos y el pueblo de Dios de la capital, presente en gran número, invocamos entonces con fervor el don del Espíritu Santo. En esos tiempos difíciles le pedimos que derramara su fuerza en el corazón de los hombres y que despertara en ellos la esperanza. Esa plegaria brotaba de la fe que Dios suscita y que, con la potencia del Espíritu, lo renueva y santifica todo. Le suplicamos que renovara la faz de la tierra, de esta tierra: «Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra, de esta tierra». ¡Cómo no dar hoy gracias a Dios, uno y trino, por todo lo que a lo largo de los últimos veinte años vemos como respuesta suya a esa oración! ¿No es respuesta de Dios lo que ha tenido lugar a lo largo de este tiempo en Europa y en el mundo, comenzando por nuestra patria? Ante nuestros ojos se han producido los cambios de los sistemas políticos, sociales y económicos, gracias a los cuales las personas y las naciones han visto de nuevo el esplendor de su dignidad. La verdad y la justicia están recuperando su valor, se están convirtiendo en un desafío urgente para todos los que saben apreciar el don de la libertad. Por eso, damos gracias a Dios, mirando con confianza al futuro.
Sobre todo le damos gracias por lo que estas dos décadas han traído a la vida de la Iglesia. Así pues, en la acción de gracias nos unimos a las Iglesias de los pueblos vecinos, tanto de tradición occidental como oriental, que han salido de las catacumbas y cumplen sin obstáculos su misión. Su vitalidad es un testimonio magnífico del poder de la gracia de Cristo, que a hombres débiles hace capaces de heroísmo, a veces hasta el martirio. ¿No es esto fruto de la acción del Espíritu de Dios? ¿No se debe a ese impulso del Espíritu en la historia más reciente el hecho de que hoy tengamos la irrepetible ocasión de experimentar la universalidad de la Iglesia y nuestra responsabilidad de dar testimonio de Cristo y anunciar su Evangelio «hasta los confines de la tierra»? (Hch 1, 8).
A la luz del Espíritu Santo la Iglesia en Polonia relee los signos de los tiempos y asume sus tareas sin las limitaciones externas y sin las presiones que sufría hasta hace poco tiempo. ¡Cómo no dar hoy gracias a Dios porque, con espíritu de respeto y amor recíproco, la Iglesia puede entablar un diálogo creativo con el mundo de la cultura y de la ciencia! ¡Cómo no dar gracias a Dios por el hecho de que los creyentes pueden acercarse libremente a los sacramentos y escuchar la palabra de Dios, para poder luego testimoniar abiertamente su fe! ¡Cómo no dar gloria a Dios por la multitud de iglesias construidas últimamente en nuestro país! ¡Cómo no darle gracias porque los niños y los jóvenes pueden con tranquilidad conocer a Cristo en la escuela, donde la presencia del sacerdote, de la religiosa o del catequista es considerada una gran ayuda en la labor de educar a las generaciones jóvenes! ¡Cómo no alabar a Dios porque, con su Espíritu, anima a las comunidades, las asociaciones y los movimientos eclesiales, y hace que la misión de la evangelización sea llevada a cabo por un círculo cada vez más amplio de laicos!
Cuando, durante mi primera peregrinación a la patria, me encontré en este lugar, me vino insistentemente a la mente la oración del salmista: «Acuérdate de mí Señor por amor a tu pueblo. Visítame con tu salvación: para que vea la dicha de tus escogidos, y me alegre con la alegría de tu pueblo, y me gloríe con tu heredad» (Sal 106, 4-5).
Hoy, mientras dirigimos la mirada a estos últimos veinte años de nuestro siglo, me viene a la mente la exhortación del mismo salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? (...) Bendito sea el Señor (...) desde siempre y por siempre» (Sal 106, 1-2. 48).
2. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). La liturgia de este domingo confiere un carácter particular a nuestra acción de gracias, pues permite ver todo lo que acontece en la historia de esta generación en la perspectiva de la eterna misericordia de Dios, que se reveló de la forma más plena en la obra salvífica de Cristo. Jesús «fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación» (Rm 4, 25). El misterio pascual de la muerte y la resurrección del Hijo de Dios dio un nuevo curso a la historia humana. Aunque observamos en ella los signos dolorosos de la acción del mal, tenemos la certeza de que, en definitiva, el mal no puede regir el destino del mundo y del hombre, no puede vencer. Esa certeza brota de la fe en la misericordia del Padre, que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Por eso, hoy, mientras san Pablo nos habla de la fe de Abraham, que «ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios» (Rm4, 20), podemos descubrir la fuente de la fuerza, gracias a la cual incluso las más duras pruebas fueron incapaces de separarnos del amor de Dios.
Gracias a la fe en la misericordia divina hemos mantenido la esperanza, no sólo en un renacimiento social y en la restitución al hombre de la dignidad en las dimensiones de este mundo. Nuestra esperanza va mucho más a fondo, pues tiene como objeto las promesas divinas, que superan con mucho lo temporal. Su objeto definitivo es la participación en los frutos de la obra salvífica de Cristo. Si «creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro» (Rm 4, 24), se nos reputará como justicia. Sólo la esperanza que nace de la fe en la resurrección nos puede impulsar a dar en la vida diaria una respuesta digna al amor infinito de Dios. Sólo con esa esperanza podemos asistir a «los enfermos» (cf. Mt 9, 12) y ser apóstoles del amor de Dios que cura. Si hace veinte años dije que «Polonia ha llegado a ser, en nuestros tiempos, tierra de un testimonio especialmente responsable» (Homilía en la plaza de la Victoria, 2 de junio de 1979, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de junio de 1979, p. 6), hoy es preciso añadir que debe tratarse de un testimonio de misericordia operante, construida sobre la fe en la resurrección. Sólo este tipo de testimonio es signo de esperanza para el hombre de hoy, especialmente para las generaciones jóvenes; y, aunque para algunos sea también «signo de contradicción», esa contradicción nunca nos ha de apartar de la fidelidad a Cristo crucificado y resucitado.
3. «Dios todopoderoso y eterno, tú has querido darnos una prueba suprema de tu amor en la glorificación de tus santos; concédenos ahora que su intercesión nos ayude y su ejemplo nos mueva a imitar fielmente a tu Hijo Jesucristo»: así reza la Iglesia, recordando en la eucaristía a los santos y santas (Común de santos y santas, Oración colecta). Esa invocación la hacemos también hoy, mientras admiramos el testimonio que nos dan los beatos que acabamos de elevar a la gloria de los altares. Su fe viva, su esperanza inquebrantable y su amor generoso les fueron reputados como justicia, porque estaban profundamente arraigados en el misterio pascual de Cristo. Así pues, con razón pedimos a Dios que nos conceda seguir fielmente a Cristo, como ellos.
La beata Regina Protmann, fundadora de la congregación de las Hermanas de Santa Catalina, procedente de Braniewo, se dedicó con toda su alma a la obra de renovación de la Iglesia a fines del siglo XVI y principios del XVII. Su actividad, que brotaba de su amor a Cristo sobre todas las cosas, se desarrolló después del concilio de Trento. Se insertó activamente en la reforma posconciliar de la Iglesia, realizando con gran generosidad una labor humilde de misericordia. Fundó una congregación que unía la contemplación de los misterios de Dios con la atención a los enfermos en sus casas y con la instrucción de los niños y de las muchachas. Dedicó especial atención a la pastoral de la mujer. La beata Regina, olvidándose de sí misma, abarcaba, con una mirada clarividente, las necesidades del pueblo y de la Iglesia. Las palabras «como Dios quiera» se convirtieron en lema de su vida. Su ardiente amor la impulsaba a cumplir la voluntad del Padre celestial, a ejemplo del Hijo de Dios. No temía aceptar la cruz del servicio diario, dando testimonio de Cristo resucitado.
El apostolado de la misericordia colmó también la vida del beato Edmundo Bojanowski. Este propietario de tierras en Wielkopolska, a quien Dios concedió numerosos talentos y una vida espiritual muy profunda, a pesar de tener una salud bastante débil, con perseverancia, prudencia y generosidad de corazón, realizó e inspiró una vasta actividad en favor de la gente del campo. Mostrando una gran sensibilidad hacia sus necesidades, puso en marcha numerosas obras educativas, caritativas, culturales y religiosas, para ayuda material y moral de las familias del campo. Sin dejar de ser laico, fundó la congregación de las Esclavas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, muy conocida en Polonia. En las diversas iniciativas lo impulsaba el deseo de que todos llegaran a ser partícipes de la Redención. Se le recuerda como «un hombre cordialmente bueno», que por amor a Dios y al prójimo sabía llevar eficazmente a todas las personas al bien. En su variada actividad se anticipó con mucha anterioridad a la doctrina del concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos. Dio un ejemplo excepcional de generoso y sabio trabajo en favor del hombre, de la patria y de la Iglesia. La obra del beato Edmundo Bojanowski ha sido continuada por las Esclavas, a las que cordialmente saludo y agradezco el servicio silencioso y sacrificado que prestan en favor del hombre y de la Iglesia.
4. «Fortaléceme, Señor Jesucristo (...), con el signo de tu santísima cruz, y concédeme (...) que así como llevo sobre mi pecho esta cruz, que encierra reliquias de tus santos, de la misma manera siempre tenga presente en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de tus santos mártires»: ésta es la oración que reza el obispo al ponerse la cruz pectoral. Esta invocación ha de ser hoy la oración de toda la Iglesia en Polonia que, al llevar desde hace mil años el signo de la pasión de Cristo, siempre se regenera con la semilla de la sangre de los mártires y vive del recuerdo de la victoria que lograron en esta tierra.
Precisamente hoy estamos celebrando la victoria de los que, en nuestros tiempos, dieron la vida por Cristo; dieron la vida temporal, para poseerla por los siglos en su gloria. Es una victoria particular, porque la han conseguido representantes del clero y laicos, jóvenes y ancianos, personas de todas las clases y estados. Entre ellos podemos recordar al arzobispo Antoni Julián Nowowiejski, pastor de la diócesis de Plokc, torturado hasta la muerte en Dzialdowo, y a monseñor Wladyslaw Goral, de Lublin, torturado con especial odio sólo porque era obispo católico. Hubo también sacerdotes diocesanos y religiosos, que prefirieron morir con tal de no abandonar su ministerio, y otros que murieron atendiendo a sus compañeros de prisión enfermos de tifus; algunos fueron torturados hasta la muerte por defender a los judíos. En ese grupo de beatos había religiosos no sacerdotes y religiosas, que perseveraron en el servicio de la caridad, ofreciendo sus tormentos por el prójimo. Entre estos beatos mártires había también laicos. Había cinco jóvenes formados en el oratorio salesiano; un activista celoso de la Acción católica, un catequista laico, torturado hasta la muerte por su servicio, y una mujer heroica, que dio libremente su vida en cambio de la de su nuera, que esperaba un hijo. Estos beatos mártires son inscritos hoy en la historia de la santidad del pueblo de Dios que peregrina desde hace mil años en Polonia.
Si hoy nos alegramos por la beatificación de 108 mártires, clérigos y laicos, lo hacemos ante todo porque son un testimonio de la victoria de Cristo, el don que devuelve la esperanza. En cierto sentido, mientras realizamos este acto solemne se reaviva en nosotros la certeza de que, independientemente de las circunstancias, podemos obtener una plena victoria en todo, gracias a aquel que nos ha amado (cf. Rm 8, 37). Los beatos mártires nos dicen en nuestro corazón: Creed que Dios es amor. Creedlo en el bien y en el mal. Tened esperanza. Que la esperanza produzca como fruto en vosotros la fidelidad a Dios en cualquier prueba.
5. Alégrate, Polonia, por los nuevos beatos: Regina Protmann, Edmundo Bojanowski y los 108 mártires. A Dios ha complacido «mostrar la extraordinaria riqueza de su gracia mediante la bondad» de tus hijos e hijas en Cristo Jesús (cf. Ef 2, 7). Ésa es «la riqueza de su gracia»; ése es el fundamento de nuestra confianza inquebrantable en la presencia salvífica de Dios a lo largo de las sendas del hombre en el tercer milenio. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 17 de noviembre de 2016

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA
Era hija de Andrés, rey de Hungría, y nació el año 1207; siendo aún niña, fue dada en matrimonio a Luis, landgrave de Turingia, del que tuvo tres hijos. Vivía entregada a la meditación de las cosas celestiales y, después de la muerte de su esposo, abrazó la pobreza y erigió un hospital en el que ella misma servía a los enfermos. Murió en Marburgo el año 1231.

Himno
La mujer fuerte
puso en Dios su esperanza:
Dios la sostiene.

Hizo del templo su casa;
mantuvo ardiendo su lámpara.

En la mesa de los hijos,
hizo a los pobres un sitio.

Guardó memoria a sus muertos;
gastó en los vivos su tiempo.

Sirvió, consoló, dio fuerzas;
guardó para sí sus penas.

Vistió el dolor de plegaria;
la soledad, de esperanza.

Y Dios la cubrió de gloria
como de un velo de bodas.

La mujer fuerte
puso en Dios su esperanza:
Dios la sostiene. Amén.

Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres
Conrado de Marburgo
De una carta escrita por el director espiritual de santa Isabel
 (Al Sumo Pontífice, año 1232:
 A. Wyss, Hessisches Urkundenbuch 1, Leipzig 1879,31-35)
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había
sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. 
Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad 
de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les 
otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en 
todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo
 todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio 
obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, 
por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, 
 a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos 
muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con 
malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la 
máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a 
mendigar de puerta en puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban denudados los altares, puestas las 
manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido frailes 
menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, 
a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, 
aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la 
agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, 
en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, 
aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio 
acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa 
juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más 
de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de 
un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.
Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus 
bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres 
todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de 
la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo 
del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había 
oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción 
a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
R/. Has obrado con valor, y tu corazón se ha hecho fuerte, porque amaste la castidad. Por eso, serás bendita eternamente.
V/. Tus oraciones y tus limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes.
R/. Por eso, serás bendita eternamente.
Final

Oremos:

Oh Dios, que concediste a santa Isabel de Hungría la gracia de reconocer y venerar en los pobres a tu Hijo Jesucristo, concédenos, por su intercesión, servir con amor infatigable a los humildes y a los atribulados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

domingo, 13 de noviembre de 2016

LO QUE NOS PIDE EL SEÑOR


Los últimos tiempos
Jl 2,21-3,5
Así dice el Señor:
«No temas, suelo, alégrate y regocíjate, 
porque  el Señor hace cosas grandes. 
No temáis, animales del campo; germinarán 
las estepas, los árboles darán fruto, la vid y 
la higuera, su riqueza.
Hijos de Sión, alegraos, gozaos en el Señor,
 vuestro Dios, que os dará la lluvia temprana
en su sazón, hará descender como antaño 
las lluvias tempranas y tardías. 
Las eras se llenarán de trigo, rebosarán
 los lagares de vino y aceite; os pagaré los 
años en que devoraban la langosta y el saltamontes, mi ejército numeroso que envié contra vosotros. Comeréis hasta hartaros, y alabaréis el nombre del Señor, Dios vuestro. Porque hizo milagros en vuestro favor, y mi 
pueblo no será confundido.
Sabréis que yo estoy en medio de Israel, 
el Señor, vuestro Dios, el Único, y mi pueblo 
no será confundido jamás.
Después de eso, derramaré mi Espíritu 
sobre toda carne: profetizarán vuestros 
hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán 
sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis siervos y siervas derramaré 
mi Espíritu aquel día. 
Haré prodigios en cielo y tierra: sangre, 
fuego, columnas de humo. 
El sol se entenebrecerá, la luna se pondrá 
como sangre, antes de que llegue el día del
 Señor, grande y terrible.
Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. 
Porque en el monte de Sión y en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido 
el Señor a los supervivientes que él llamó.»
R/. Habrá señales en el sol y la luna y las 
estrellas, y en la tierra angustia de las gentes. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed 
que está cerca el reino de Dios.
V/. Vigilad y orad, pues no sabéis cuándo es el momento.
R/. Cuando veáis que suceden estas cosas, 
sabed que está cerca el reino de Dios.
Lectura Patrística
No pongamos resistencia a su primera venida, 
y no temeremos la segunda
San Agustín
Comentarios sobre los salmos 95,14.1
Aclamen los árboles del bosque, delante 
del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra. Vino una primera vez, pero vendrá de 
nuevo. 
En su primera venida, pronunció estas 
palabras que leemos en el Evangelio: 
Desde ahora veréis que el Hijo del hombre 
viene sobre las nubes. 
¿Qué significa: Desde ahora? 
¿Acaso no ha de venir más 
tarde el Señor, cuando prorrumpirán en 
llanto todos los pueblos de la tierra? 

Primero vino en la persona de sus 
predicadores, y llenó todo el orbe de la 
tierra.
 No pongamos resistencia a su primera 
venida, y no temeremos la segunda.
¿Qué debe hacer el cristiano, por tanto? 
Servirse de este mundo, no servirlo a él. 
¿Qué quiere decir esto? 
Que los que tienen han de vivir como si no tuvieran, según las palabras del Apóstol:
Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. 
Queda como solución que los que tienen 
mujer vivan como si no la tuvieran; 
los que lloran, como si no lloraran; 
los que están alegres, como si no lo
 estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, 
como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina. 
Quiero que os ahorréis preocupaciones. 
El que se ve libre de preocupaciones espera seguro la venida de su Señor. 
En esto, ¿qué clase de amor a Cristo es el 
de aquel que teme su venida? 
¿No nos da vergüenza, hermanos? 
Lo amamos y, sin embargo, tememos su 
venida.
¿De verdad lo amamos? 
¿No será más bien que amamos nuestros pecados? 
Odiemos el pecado, y amemos al que 
ha de venir a castigar el pecado. 
Él vendrá, lo queramos o no; 
el hecho de que no venga ahora no significa 
que no haya de venir más tarde. 
Vendrá, y no sabemos cuando; 
pero, si nos halla preparados, en nada nos perjudica esta ignorancia.
Aclamen los árboles del bosque. 
Vino la primera vez, y vendrá de nuevo 
a juzgar a la tierra; hallará aclamándolo 
con gozo, porque ya llega,
 a los que creyeron en su primera venida.
Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad. 
¿Qué significan esta justicia y esta fidelidad? 
En el momento de juzgar reunirá junto a sí a 
sus elegidos y apartará de sí a los demás, 
ya que pondrá a unos a la derecha y a otros 
a la izquierda. 
¿Qué más justo y equitativo que no 
esperen misericordia del juez aquellos que 
no quisieron practicar la misericordia antes 
de la venida del juez? 
En cambio, los que se esforzaron en practicar la misericordia serán juzgados con misericordia. 
Dirá, en efecto, a los de su derecha: 
Venid, vosotros, benditos de mi Padre; 
heredad el reino preparado para vosotros 
desde la creación del mundo.
 Y les tendrá en cuenta sus obras de misericordia: 
Porque tuve hambre, 
y me disteis de comer; 
tuve sed, 
y me disteis de beber, 
y lo que sigue.
Y a los de su izquierda 
¿qué es lo que les tendrá en cuenta? 
Que no quisieron practicar la misericordia. 
¿Y a dónde irán? Id al fuego eterno. 
Esta mala noticia provocará en ellos 
grandes gemidos. Pero, ¿qué dice otro salmo?
 El recuerdo del justo será perpetuo. 
No temerá la malas noticias.
 ¿Cuál es la mala noticia? 
Id al fuego eterno preparado 
para el diablo y sus ángeles. 
Los que se alegrarán por la buena noticia 
no temerán la mala. 
Ésta es la justicia y la fidelidad de que habla 
el salmo.
¿Acaso, porque tú eres injusto,
 el juez no será justo? 
O, ¿porque tú eres mendaz, no será veraz 
el que es la verdad en persona? 
Pero, si quieres alcanzar misericordia, 
sé tú misericordioso antes de que venga: perdona los agravios recibidos,
 da de lo que te sobra. 
Lo que das ¿de quién es sino de él? 

Si dieras de lo tuyo, sería generosidad, 
pero porque das de lo suyo es devolución.
¿Tienes algo que no hayas recibido? 
Éstas son las víctimas agradables a Dios: 
la misericordia, la humildad, la alabanza, 
la paz, la caridad. 
Si se las presentamos, entonces podremos esperar seguros la venida del juez 
que regirá el orbe con justicia y 
los pueblos con fidelidad.
R/. El Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, 
con la gloria de su Padre, y entonces pagará 
a cada uno según su conducta.
V/. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.
R/. Y entonces pagará a cada uno según su 
conducta.
Te Deum
(sólo domingos, solemnidades, fiestas y ferias de navidad)
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra 
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa, 
extendida por toda la tierra, 
te proclama:

Padre de inmensa majestad, 
Hijo único y verdadero, digno de adoración, 
Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre, 
aceptaste la condición humana 
sin desdeñar el seno de la Virgen. 

Tú, rotas las cadenas de la muerte, 
abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios 
en la gloria del Padre.

Creemos que un día 
has de venir como juez.

Te rogamos, pues, 
que vengas en ayuda de tus siervos, 
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna 
nos asociemos a tus santos.


(lo que sigue puede omitirse)

Salva a tu pueblo, Señor, 
y bendice tu heredad.

Sé su pastor 
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos 
y alabamos tu nombre para siempre, 
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día 
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor, 
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, 
venga sobre nosotros, 
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié, 
no me veré defraudado para siempre.
Final

Oremos:

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir 
siempre alegres en tu servicio, porque 
en servirte a ti, creador de todo bien, 
consiste el gozo pleno y verdadero. 
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, 
que vive y reina contigo en la unidad del 
Espíritu Santo y es Dios 
por los siglos de los siglos.
Amén.
(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios